Enfermedad celíaca y niños

Montse Arboix

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(@m_arboix) Enfermera experta en Promoción de Salud

Mié, 07/22/2015 - 09:26

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La enfermedad celiaca es un trastorno crónico del sistema inmunológico que ocasiona una intolerancia permanente al gluten, la fracción proteica que forma parte de la composición  de cereales como trigo, centeno, cebada, avena, kamut y derivados. No hay que olvidar que muchos alimentos procesados lo contienen por su capacidad de brindar viscosidad, espesor o volumen a una gran cantidad de productos, aunque sea en cantidades ínfimas, por lo que se hace de obligatorio cumplimiento leer detenidamente el etiquetado.

La prevalencia de celiaquía en la población europea se estima del 1%, si bien es más frecuente en las mujeres (en una proporción de 2:1). Según la Asociación Española de Pediatría, en España, se diagnostican cada año 4.000 casos nuevos aunque se sabe que, por la variabilidad de los síntomas que pueden manifiestar, se cree que hasta un 75% de los afectados estaría sin diagnosticar, según datos de la Federación de Asociaciones de Celiacos de España (FACE).

Se suele diagnosticar antes de los 3 años de edad o entre los 30 y los 50 años. No es una enfermedad hereditaria, pero hay cierta predisposición: tener padres o hermanos afectados multiplica por diez las posibilidades de padecer la enfermedad. Por ello es importante que cuando se diagnostique un caso en la familia se estudie al resto de los componentes a pesar de que no tengan síntomas. Además, hay condiciones en las que la enfermedad celíaca es mucho más habitual, como en el síndrome de Down o en diabetes tipo 1.

Lactancia materna, ¿protectora?

En 2008, el proyecto europeo 'Prevent Celiac Disease' (PreventCD) nacía con la hipótesis de que administrando mínimas cantidades de gluten el organismo, este es capaz de aprender a no responder ante esta sustancia. Más tarde, y en la misma línea, especialistas del Grupo de Trabajo de Enfermedad Celiaca de la Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátricas (SEGHNP), sugerían que la lactancia materna podría reducir hasta un 60% las posibilidades de ser celíaco, siempre que se introduzca el gluten a partir de los cuatro meses de edad y el bebé siga siendo amamantado.

Sin embargo, un estudio multicéntrico, aleatorizado y doble ciego, publicado en el The New England Journal of Medicine en octubre de 2014, apuntaba que, en comparación con el placebo, la introducción de pequeñas cantidades de gluten a los 16 a 24 semanas de edad no redujo el riesgo de la enfermedad celíaca a los 3 años de edad en un grupo de niños de alto riesgo, aunque el retraso en la introducción del gluten se asoció al retraso en la manifestación de la enfermedad. Tampoco los resultados de la lactancia corroboraban trabajos anteriores, ya que, independientemente si era exclusiva durante la introducción del gluten, no influyó significativamente en el desarrollo de la enfermedad celíaca.

Celiaquía en niños y bebés

El momento en que se introducen los cereales con gluten a la dieta del bebé es uno de los factores asociados a la aparición de la enfermedad celíaca. Los especialistas en salud infantil recomiendan iniciar su consumo no antes de los cuatro meses de edad pero tampoco más allá de los siete meses. 

La forma de presentación clásica de la enfermedad en los niños mayores es diarrea crónica, disminución de peso, distensión abdominal e irritabilidad. Sin embargo, hay un porcentaje cercano al 30% en que no siguen estos preceptos, y cuyos primeros síntomas pueden ser tan dispares como estreñimiento, úlceras bucales, dolor en articulaciones o alteraciones en el esmalte dental o menarquía retardada. Tampoco en los bebés suele presentarse de manera clara y es fácil que se confunda con otras patologías, y pueden manifestar náuseas y vómitos sin causa explicable, falta de apetito y alteraciones del carácter, como irritabilidad, apatía y tristeza, entre otras. Asociada a la sensibilidad al gluten, pueden surgir dermatitis herpetiforme, dolencia que se caracteriza por la presentación de vesículas muy pruriginosas en codo, rodillas, espalda y glúteos.

Una vez se dispone del diagnóstico no solo basta con retirar el gluten de la alimentación. Se hacen necesarias seguir revisiones periódicas para comprobar el estado de salud general del afectado. Carencias nutricionales (falta de hierro), alteraciones en el crecimiento y desarrollo del niño e, incluso, infertilidad, son algunas de las complicaciones que pueden manifestarse a largo plazo. Ya de adulto, pueden malignizarse algunos tumores que se hayan desarrollado en el sistema digestivo.

 

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