Cocina: muchos ojos, pocas manos

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Laura Caorsi

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(@lauracaorsi) Periodista experta en alimentación. Eroski Consumer

Mié, 03/11/2015 - 18:48

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Un amigo me comentó hace poco que estaba leyendo el libro más reciente de Michael Pollan. "En él -me dice- se habla de la paradoja de que cada día cocinamos menos, pero a la vez hay más programas de cocina y concursos gastronómicos". La paradoja que describe es real, aunque no es nueva. Nuestros hábitos culinarios -también dietéticos- empezaron a cambiar hace décadas, coincidiendo con la transformación del mercado laboral, el desarrollo de la industria alimentaria y el crecimiento de los medios de comunicación audiovisuales.

La industria y los medios han alcanzado un nivel tal de complejidad, de sofisticación, de empaque atractivo, que cuesta resistirse a su llamado. Sacian el hambre y la curiosidad. Y gustan. Gustan mucho. Máxime, cuando el tiempo para cocinar escasea. Así, las fuerzas que nos alejan de los fogones podrían dibujarse de la siguiente manera: más miembros de la familia fuera de casa para trabajar, menos tiempo para cocinar, más variedad de alimentos preparados (listos para consumir) y mejores soportes domésticos de acceso a la información. Encender la televisión o el microondas requiere el mismo tiempo y esfuerzo.

La cocina, como muchas otras cosas cotidianas, se ha convertido en un espectáculo, en algo "que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles", como lo define la RAE. Ver cocinar genera placer, ameniza, entretiene y, en algunos casos, enseña. Existen programas donde se ofrece buenas explicaciones, trucos, recetas concretas, una lista de ingredientes detallados. Pero también existen muchos otros en los que no. El énfasis, en ellos, está puesto en el divertimento, no en la didáctica.

Estos programas vibran en el mismo registro que -por ejemplo- la trasmisión de un partido de fútbol. Nos pueden entretener e implicar. Nos pueden dotar de elementos de valoración. Nos pueden dar estadísticas, palabras, datos históricos o reglas, pero no nos pueden enseñar a jugar. El conocimiento -si cabe- es teórico. Así, podemos ser unos excelentes comentaristas de partidos o grandes críticos de cocina, pero no deportistas ni cocineros. La cita de Pollan que hizo mi amigo me recordó un artículo que escribí junto a Julio Basulto hace algo más de un año, en el que reflexionamos sobre estas cuestiones desde su perspectiva como nutricionista y la mía como periodista. Y, sobre todo, me recordó otra paradoja más seria: podemos seguir con fascinación muchos programas de cocina mientras comemos en el sofá cualquier precocinado, del mismo modo que podemos ser fans del deporte mientras nos da pereza ir al gimnasio y bebemos cerveza.

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