Dieta Mediterránea en ancianos

Montse Arboix

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(@m_arboix) Enfermera experta en Promoción de Salud

Mar, 07/05/2016 - 17:00

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El envejecimiento es un proceso fisiológico que conlleva cambios orgánicos y psicológicos por el deterioro paulatino –a lo largo del tiempo- tanto de la estructura como de la función celular la estructura y función celular. Aunque popularmente se denomina anciano a todo aquel mayor de 65 años, cabe diferenciar el anciano joven (de 65 a 75 años), el anciano (de 75 a 85 años) de los ancianos mayores, a partir de los 85 años.

Para llegar a estas edades, no basta solo ir sumando años; es fundamental mantener un buen estado de salud. Para envejecer de manera saludable y conservar la autonomía en la ancianidad, hay una gran norma preventiva por excelencia: llevar un estilo de vida saludable. Ello incluye una alimentación sana y equilibrada, la práctica de ejercicio físico, mantener tóxicos como el alcohol y tabaco al margen y mantenerse activo mentalmente y con ocupaciones vinculadas al ocio, entre otros. La nutrición es clave para conseguir una buena calidad de vida en la senectud y, la dieta mediterránea, fundamental. Sin embargo, el escenario no es el que cabría esperar, y muchos ancianos, sea por la causa que sea, no la siguen de forma adecuada.

Problemas inherentes a este proceso del envejecimiento pueden pasar factura en la alimentación de las personas ancianas, más aún si son dependientes. Esto provoca alteraciones en su estado nutricional que ponen de relieve distintos marcadores: el hierro, las proteínas (albúmina), el cinc, vitaminas como la B12, el ácido fólico y la vitamina D. La falta de dentición, las alteraciones gustativas y la sequedad bucal característica, entre otros, son algunos de los problemas con los que hay que lidiar para asegurar una nutrición lo más correcta posible.

Poca adherencia a la Dieta Mediterránea 

Un estudio (1) reciente, llevado a cabo en la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid, ha puesto de manifiesto que la mayoría de las personas a partir de 80 años no cumplen con las recomendaciones de las principales guias de alimentación. Además, el análisis mostró que su patrón alimentario se desviaba de la Dieta Mediterránea. Aunque los resultados mostraron un consumo adecuado de leche y derivados, aceites y grasas y azúcares y dulces, no fue así en los grupos de los cereales y derivados, las verduras y hortalizas y alimentos del grupo carnes, pescados y huevos, que no alcanzaron las cantidades recomendadas por los expertos.

Otro dato importante es que todos los participantes en el estudio consumieron alimentos del grupo carne, pescado y huevos, pero el 66% lo hizo en cantidades inferiores a 200 gramos al día, cuando la cantidad idónea es de 2 o 3 raciones diarias de 125 g cada una. En cuanto a la fruta, las personas nonagenarias no llegaban a la cantidad óptima, al contrario que los octogenarios, cuya ingesta era la adecuada. Las autoras remarcan que el empeoramiento del estado nutricional de los ancianos se asociaba a un consumo menor de fruta posteriormente.

También insisten en que, pese a que los ancianos participantes consumieron todos los grupos de alimentos, las cantidades eran demasiado pequeñas y que sería necesario que aumentasen la ingesta en todos los grupos de alimentos, a excepción de leche y derivados, aceites y grasas y azúcares y dulces.

Factores de desnutrición en la ancianidad

Es habitual que las personas ancianas presenten una o más enfermedades crónicas que pueden alterar su estado nutricional, como la diabetes, insuficiencia cardiaca o respiratoria, demencia, etc. Pero ya no solo las enfermedades propiamente dichas, sino que, también, los tratamientos empleados para su control. Hay que tener en cuenta que los ancianos son el grupo de población que más medicamentos consumen. Estos pueden afectar tanto a la absorción, metabolismo y excreción de nutrientes como la apetencia. Además, cuantos más fármacos se tomen, más posibilidades de sufrir algún desequilibrio nutricional. Un ejemplo: los laxantes, a los que tanto se recurre. Provocan una disminución en la absorción de agua y de los nutrientes en general. Algunos producen tolerancia y dependencia e, incluso, terminan agravando el estreñimiento; otros provocan dolor abdominal, náuseas, escozor anal, flatulencia, heces líquidas, trastornos electrolíticos y su abuso termina por dañar la mucosa intestinal e impedir el funcionamiento intestinal normal.

Otros factores como el aislamiento social, problemas económicos para adquirir la comida adecuada para seguir una dieta sana y equilibrada acorte a sus necesidades, la incapacidad, las alteraciones en los sentidos del olfato y gusto, disfagia o los problemas estructurales como pérdida de piezas dentales o prótesis dentarias desajustadas, o problemas en encías o en el resto de la mucosa bucal, pueden favorecer la desnutrición de forma peligrosa.

 

BIBLIOGRAFÍA:

1. Jiménez-Redondo S, Beltrán de Miguel B, Gómez-Pavón J, Cuadrado Vives C. Food consumption and risk of malnutrition in community-dwelling very old Spanish adults (≥80 years). Nutrición Hospitalaria 3, mayo-junio 2016, in press.

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