El papel del fósforo en la dieta

Montse Arboix

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(@m_arboix) Enfermera experta en Promoción de Salud

Vie, 10/21/2016 - 15:41

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Microminerales  y macrominerales

Cada mineral desempeña una función específica y, pese a que no proporcionan energía, son indispensables para mantener el funcionamiento del organismo en las mejores condiciones. En una persona, representan casi el 4% del peso corporal: el 85% del fósforo se localiza en los huesos y dientes, mientras el 15% restante se encuentra repartido por los tejidos blandos.

Todos los minerales son esenciales significa que el organismo no puede sintetizarlos por sí mismo y por ello se hace imprescindible adquirirlos a través de la alimentación mediante el consumo de una amplia variedad de alimentos, aunque,  al igual que las vitaminas, son elementos que el cuerpo precisa en cantidades muy pequeñas. Hay dos tipos de minerales: los macrominerales -el organismo los necesita en cantidades superiores a los 100 mg diarios, como el calcio, fósforo, magnesio, sodio, potasio, cloro y azufre-  y los microminerales, minerales traza u oligoelementos –necesarios en cantidades diarias inferiores a los 100 mg, como hierro, cobre, cinc, cromo, selenio, boro, cobalto, flúor, yodo, manganeso y molibdeno.

Su principal función es la elaboración de tejidos: son componentes primordiales de huesos y dientes, forman parte de sustancias orgánicas como la hemoglobina, regulan el equilibrio hídrico dentro y fuera de las células, intervienen en la producción de hormonas y en la mayor parte de las reacciones químicas en las que participan enzimas. 

El fósforo, esencial

El fósforo es esencial para la formación, desarrollo y mantenimiento de huesos y dientes, así como para el funcionamiento correcto de los músculos (incluido el cardiaco) y las señales nerviosas. Forma parte del ADN (genes) y es constituyente de algunos lípidos, proteínas e hidratos de carbono. Cuando se asocia con ciertos lípidos, da lugar a los fosfolípidos (componentes estructurales de membranas celulares). Cumple también una labor fundamental en el almacenamiento y la utilización de energía, por medio de una molécula denominada ATP o adenosintrifosfato. También trabaja junto con las vitaminas del complejo B y tiene un papel relevante en el funcionamiento renal.

Las necesidades diarias recomendadas –aproximadas- oscilan en función de la edad: desde los  275 mg/día en la franja de 7 a 12 meses; de 1,250 mg/día entre los 9 a 18 años; y de 700 – 800 mg/día en adultos o mujeres lactantes de más de 18 años.  Para obtener las cantidades recomendadas la mejor manera es llevar una alimentación equilibrada y variada. Se puede encontrar en todos los alimentos, aunque en mayor proporción en los de origen animal, como huevos, carnes (de ternera, cerdo, pollo, pavo y caza), pescados, mariscos y crustáceos y leche y derivados, sobre todo los quesos. Además, una dieta con las cantidades adecuadas de calcio y proteína también suministra una proporción suficiente de fósforo.

Entre los alimentos vegetales -que, en general, contienen menos cantidad de fósforo que los anteriores- destacan los frutos secos (como las castañas, pistachos, cacahuetes, almendras, avellanas, nueces y piñones), las frutas secas, los cereales y derivados (avena, harina de trigo, pan integral, pasta y arroz blanco e integral) y las legumbres (lentejas, judías, soja en grano, habas y garbanzos). Hay que tener en cuenta que el pan integral y los cereales contienen más cantidad de este macromineral que aquellos elaborados con harina refinada, sin embargo, se almacena en una forma que no se absorbe. De la misma manera, el que se encuentra en  los frutos secos, legumbres, semillas y granos es 50 % menos biodisponible (solo se absorbe la mitad) que el proveniente de los alimentos de origen animal. 

Por otro lado, frutas y verduras solo proporcionan cantidades pequeñas de fósforo. También los aditivos conservantes y los fosfatos y sus derivados, utilizados por la industria alimentaria (en quesos, salchichas o acidificante en bebidas), son fuente dietética de este mineral.

Fósforo: cuando hay un desequilibrio

El fósforo y el calcio están en equilibrio en el organismo, y el exceso o deficiencia de uno afecta a la capacidad de absorber el otro. Debido a su disponibilidad en multitud de alimentos, es extraña una deficiencia de fósforo en población de países desarrollados. Síntomas como pérdida del apetito, anorexia, anemia y decaimiento, insuficiencia respiratoria, dolor y debilidad muscular que puede impedir la deambulación, propensión a infecciones, alteraciones cardíacas o neurológicas como irritabilidad, convulsiones o coma, pueden ser señal de hipofosfatemia.

En el polo opuesto se halla la hiperfosfatemia, cuando los niveles de este mineral aumentan por encima de 5 mg/dl (en sangre). De hecho, la hiperfosfatemia secundaria a la dieta es todavía menos frecuente que la situación anterior, debido a que el riñón elimina de manera eficaz el exceso de fósforo. No obstante, niveles excesivamente altos de fósforo en la sangre suceden en personas con nefropatía grave y/o en tratamiento con diálisis, hipoparatiroidismo, lisis tumoral (durante la quimioterapia o radioterapia) o por nutrición endovenosa. Además, al perder el equilibrio, este exceso causa menor asimilación de calcio y, por tanto, desmineralización ósea.

 

 

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