Trastornos de la conducta alimentaria: ¿podemos prevenirlos?

Montse Arboix

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(@m_arboix) Enfermera experta en Promoción de Salud

Mar, 01/12/2016 - 15:12

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La Asociación contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB) estima que cerca de un 11% de los adolescentes españoles está en riesgo de sufrir algún trastorno de conducta alimentaria (TCA), y es en la franja que va de los 12 a los 24 años, cuando son más vulnerables. Es un problema de salud grave, con importantes repercusiones físicas y psicológicas, que afecta mayormente al sexo femenino. De hecho, es la tercera enfermedad crónica más prevalente entre las jóvenes en todo el mundo.

A pesar de que los TCA van con el calificativo alimentario, lo cierto es que son trastornos mentales caracterizados por una conducta alterada relacionada con la ingesta y con los comportamientos que buscan bajar de peso. La anorexia y la bulimia son los más conocidos y mediáticos. Sin embargo, hay otro gran cajón de sastre denominado trastornos de la conducta alimentaria no especificados o no específicos (TCANE o TCNE). Dentro de este grupo, se engloban todas las conductas compensatorias inadecuadas que se dan después de una ingesta excesiva e inadecuada de alimentos, y aquellos cuadros de ingesta compulsiva que no les sigue una conducta compensatoria. Se estima que entre un 3% y un 5% de la población sufre un TCNE. La buena noticia a estas cifras es que la mayoría de los casos (entre el 72% y el 77%) consigue la remisión completa y solo en un pequeño porcentaje (del 19% al 21%)  la enfermedad se vuelve crónica en el tiempo.

Familia con pautas de alimentación sana

Desde distintas asociaciones se insiste en el papel de la familia, ya que es en el núcleo familiar donde niños y adolescentes extraen creencias, valores y actitudes acerca de la comida. Por este motivo, los adultos deben actuar como modelo de un estilo de vida saludable y seguir una alimentación sana y equilibrada, favorecer la comida en familia al menos una vez al día, evitar a toda costa que los adultos coman diferente y, por supuesto, las dietas milagro.

En casa, es fundamental cultivar una buena relación familiar y fomentar la comunicación, para que se sientan reconocidos como individuo en el seno de su familia. La familia debe estar alerta a los signos de alarma. Uno de ellos es que la relación del afectado con el resto de la familia y con sus amistades cambia, y se tiende al aislamiento. Ante la sospecha de alteración de la conducta alimentaria es importante que no dejarlo pasar: para curarse es necesaria la ayuda terapéutica. Los expertos insisten en la necesidad de fomentar la autoestima de los hijos y, sobre todo, enseñarles a aceptar y respetar las diferencias entre las personas, con independencia de su aspecto físico. Es básico protegerlos sin excederse, y ayudarlos a desarrollarse como personas autónomas que aprenden de sus errores.

Sin embargo, la prevención de estos  trastornos de la conducta alimentaria, según la Asociación Española de Pediatría, debe hacerse tanto a nivel familiar como escolar. Así, la escuela puede ser una fuente de información segura si se imparte por profesionales, tanto para los adultos responsables de su cuidado como para los propios adolescentes. Trabajar con medidas preventivas permite, además de tener profesores y alumnos informados, evitar el desarrollo de nuevos casos y detectar de manera precoz a las personas que están sufriendo estas enfermedades y mejorar su pronóstico.

Los medios de comunicación y los TCA

Los medios de comunicación constituyen un factor social muy influyente, sobre todo en la población más joven. El modelo que desde la publicidad, la televisión y el cine se propone es de adolescentes sin una gota de grasa ni masa muscular. Se exaltan las figuras extremadamente delgadas que poco tienen de ‘normales‘ y se publicitan hasta la saciedad multitud de productos adelgazantes, que la evidencia que los sustenta es más bien poca, por no decir nula. Esta presión mediática, aunque no es determinante, sí que puede contribuir al desarrollo de los TCA y TCANE.

Desde la ACAB insisten en el papel fundamental de los progenitores. Sugieren darles herramientas que les permitan desarrollar un sentido crítico para hacer frente a estos cánones de belleza imperantes en los miedos de comunicación. Es de ayuda ver la televisión o las revistas con los hijos, y poder conversar sobre estos temas.

 

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