Obesidad y depresión: una pareja de riesgo

Montse Arboix

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(@m_arboix) Enfermera experta en Promoción de Salud

Mié, 05/04/2016 - 18:26

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La obesidad, denominada como una de las epidemias del siglo XXI que más cuesta de detener, está muy relacionada con la diabetes, la hipertensión, la insuficiencia cardiaca y los problemas óseos. Es un factor de riesgo cardiovascular, y las patologías cardiovasculares –junto a otras enfermedades crónicas no transmisibles, como las patologías respiratorias y la diabetes tipo 2- además de graves consecuencias para la salud del individuo y el impacto en su calidad de vida y la de su entorno cercano, son causa de muerte prematura y acarrean un gasto económico muy importante. No obstante, también se la relaciona con problemas de ansiedad y depresión por la enorme carga psicológica que supone, en términos de sufrimiento, para los afectados.

Por otra parte, la depresión es causa de disminución de la calidad de vida, de absentismo laboral y de ingresos hospitalarios. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se espera que, en 2030, este trastorno se convierta en la enfermedad más común, llegando, incluso, a superar al cáncer y las patologías cardiovasculares. A nivel mundial, es una de las principales causas de discapacidad no traumática y en la UE –donde se estima que afecta a 25 millones de personas- es la culpable de más del 7% de todas las muertes prematuras.

La depresión y la obesidad son enfermedades que preocupan mucho a las autoridades y a los profesionales de la salud, puesto que cada una de ellas, por separado, ya se considera un problema de salud pública por su alta prevalencia y por los costes que provocan. Y más aún si conforman un binomio de difícil abordaje. Datos recientes, hechos públicos en el XXIV Curso de Actualización en Psiquiatría de Vitoria-Gasteiz, señalan que están muy unidas: las personas con depresión tienen un 58% más riesgo de ser obesas y,a su vez, la obesidad aumenta un 55% el riesgo de sufrir este trastorno mental.

Enfermedad mental y mala salud física

Según los expertos, el estilo de vida de los pacientes mentales es un factor de mucho peso, puesto que tienen más dificultades para seguir una pauta alimentaria adecuada o para realizar actividad física regular. Por ello tienen una prevalencia más elevada de problemas de salud físicos y también de una tasa más alta de mortalidad.

La hipertensión, la obesidad, la diabetes y enfermedades respiratorias, los problemas de comportamiento, el abuso de sustancias tóxicas (como el tabaco), alteración de su vida sexual -desorden del deseo, en la excitación, alteraciones del orgasmo y dispareunia, entre otros-, sea por la enfermedad o por los fármacos utilizados en su tratamiento, son algunos de los problemas de salud a los que deben hacer frente. Por este motivo, no es de extrañar que quienes sufren una enfermedad mental tengan una menor calidad de vida que el resto de la población.

En esta línea, un estudio llevado a cabo en EE.UU. mostraba que las personas con una enfermedad mental fallecían más por evento cardiaco o diabetes que a causa de suicidio. Otro ejemplo: hay investigaciones que señalan que una de cada cinco personas que sufren esquizofrenia también tiene que lidiar con la diabetes.

De la misma manera, la adherencia terapéutica en estos enfermos todavía sigue siendo una asignatura pendiente. Ejemplo de ello es el gran porcentaje de pacientes con esquizofrenia que incumplen el tratamiento pautado. Se estima que dos de cada tres no lo cumplen y es que no siempre son conscientes de su enfermedad. De hecho, esta es una de las enfermedades en las que el porcentaje de “cumplidores” es más bajo. Además, en ocasiones, el propio tratamiento es de poca ayuda, ya que muchos de los fármacos utilizados tienen efectos secundarios que hay que tener en cuenta e, incluso, pueden favorecer el desarrollo de diabetes o agravar sus síntomas, como sucede con los neurolépticos.

Por este motivo, se hace necesario que los pacientes perciban que son parte activa de todo el proceso y que se disponga de equipos multidisciplinares para el abordaje integral de la persona, que aseguren un seguimiento clínico y un apoyo emocional frecuente y que sean accesibles.

 

 

 

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